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No sabría como empezar… son tantos los recuerdos, son tantas las anécdotas de mi viaje a Perú... que resumiré un poco mi experiencia como voluntaria a través de COPRODELI.
Puedo decir que he quedado encantada con COPRODELI, para nada me he llevado ninguna decepción o alguna desilusión. Me parece una ONG realmente comprometida y volcada con la enseñanza y la educación de los niños.
Encantada con todas las personas desde educadores, sicólogos, personal de cocina, voluntarios...personas que se entregan completamente y que hacen posible que COPRODELI.
La filosofía me ha gustado bastante, es increíble lo cariñosos, educados y respetuosos que son los niños, qué decir de mis niños!! En la vida me han dado tanto cariño de esa manera, tantos agradecimientos y tantas palabras bonitas.
Encantada y fascinada con el cabeza de todo esto, el Padre Miguel, una persona admirable que me ha calado muy hondo ver como lucha sin descanso porque todos sus proyectos salgan adelante. Me ha parecido una persona tan inteligente, incansable, luchadora. Un todo terreno, con muy buen sentido del humor y con un corazón que no le cabe en el pecho.
Al margen de COPRODELI, Perú me ha parecido un país en el que nos han acogido con los brazos abiertos, un país de gente humilde muy agradable y atenta con los visitantes.
En fin como veis ha sido maravillosa la experiencia, espero no perder el contacto con COPRODELI, aunque lo dudo porque ahora hay algo muy fuerte que me liga a ella y es que tengo un niño apadrinado. Siempre quise hacerlo pero lo retrasaba por la desconfianza a que no les llegara el dinero y que en esta ONG he comprobado por mí misma que puedo estar tranquila.
Sin más me despido; ENCANTADA MI QUERIDO PERÚ! |
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Después
de semanas de espera, suena el teléfono. La llamada es del departamento
de Recursos Humanos de Madrid y se acerca la gran noticia: "Queremos
comunicarte que si sigues interesada has sido aceptada en el proyecto
de Vacaciones Solidarias que colabora con la Fundación Coprodeli",
me dicen. "!Claro que voy!" es lo único que acierto
a decir. Cuelgo el teléfono y ahogo un grito. El equipo me mira
con atención, ya que todos compartían la intriga: "Chicos,
¡me voy a Perú!".
Empiezan los preparativos y las preguntas. ¿Qué
necesito? ¿Cuándo me voy? ¿De qué me vacuno?
¿Qué haremos allí? Y, sobretodo, ¿quiénes
vamos? Somos 11 aventureros de varias oficinas de España: cuatro
de Valencia, otros cuatro de Barcelona, uno de Vigo y dos de Madrid;
y, además, debemos sumar las tres personas más que no
son de Deloitte. Hay que empezar a conocerse, por lo que abrimos la
primera de muchas cadenas de emails (¡sin descuidar nuestro trabajo,
claro!) pues tenemos que repartimos tareas y, cómo no, ponernos
manos a la obra con la recolección de "cosas útiles".
Todas las oficinas participan y nos llevamos las maletas llenas de balones,
peluches, libretas, bolígrafos, calcetines, cepillos de dientes,
etc.
La fecha se acerca y, con ello, aumenta el nerviosismo,
pues es la hora de cerrar esas maletas, ya es 30 de julio. Los primeros
en llegar somos los profesionales de la oficinas de Valencia (Elvira,
Nuria, Fernando y yo, Silvia) y Vigo (Ramón). Tras unos días
de exploración del hospedaje en el que pasaremos todo el mes,
situado en pleno Callao ("zona brava", como allí lo
llaman), se unen al grupo los voluntarios de la oficina de Barcelona
(Pati, María, Carla y Javi), junto con Isabel, Carmen y Joaquín
(voluntarios de la ONG).
El 5 de agosto ya estamos casi al completo, así
que empezamos la primera actividad: el programa NAR (Niños en
Alto Riesgo). Repartidos por parejas, nos dispersamos por los CAE (Centros
de Atención Externa) y por las Casas Hogares donde los niños
de la zonas más marginales tienen cada día la oportunidad
de crecer como niños, rodeados de un ambiente agradable, una
filosofía de vida envidiable y, lo que es más importante,
con cariño y con un plato de comida. Todos se vuelcan a nuestra
llegada, pues esperan a los voluntarios españoles, esos voluntarios
que les ayudarán a hacer los deberes, les enseñarán
nuevos juegos, se quedarán afónicos con las canciones,
y que aceptarán todos sus abrazos. Unos voluntarios que, junto
a ellos, acabarán aprendiendo el poder que puede tener una sonrisa.
Otras voluntarias se unen al grupo el 14 de agosto.
Vienen de la oficina de Madrid (Clara y Coty) y nos encontrarán
llenos de polvo, ya que esta es la semana de "Construcción
de casitas". Preparados de buena mañana, subimos a uno de
esos taxis que llevan a seis personas al fin del mundo por la friolera
de 4 soles (1 euro); y es que ya hemos aprendido uno de los deportes
del país: el regateo. Estamos en el punto de encuentro y allí
nos esperan Walter y Edwin con un camión cargado de paneles de
madera: " Súbanse, que les llevamos", nos ofrecen.
Aparentemente, parece tarea fácil, hasta que llegamos a nuestro
primer destino: "Chicos, ¿ven esa casita?" –
nos dicen señalando a una montaña de cartones y de madera
en plena duna-. "Pues tienen que desmontarla para construir una
nueva para la señora", afirman. Como un buen equipo, nos
repartimos el trabajo y, por poco, alguien casi se queda sepultado bajo
los escombros. Hemos conseguido alisar el terreno y nos disponemos a
trasladar los paneles, meter los clavos, montar los marcos de las ventanas,
instalar los tejados y atornillar las bisagras para las puertas. Parece
increíble pero, entre "benitas y manolos", "pepes
gotera" y algún que otro chapucillas... ¡hemos construido
un hogar!
Invertimos parte del tiempo en compartir las anécdotas
diarias y nos sorprende la capacidad de adaptación que hemos
tenido. ¡Cómo contrastan nuestros sentimientos de temor
a la llegada ("no paséis por este barrio", "no
andéis solos", "atención a los encapuchados",
"os pueden robar la vida" son los primeros consejos que escuchamos)
con la seguridad con que nos movemos ahora por la zona! ¡Cómo
contrastan las impresiones de los primeros días al ver el lugar
y conocer algunas situaciones personales, con la naturalidad con que
nos involucramos en los proyectos y la alegría que logramos transmitir!
Todavía nos queda por descubrir Pachacutec,
un asentamiento humano de más de 150.000 habitantes, situado
a 45 minutos del Callao en unas dunas totalmente bañadas por
la brisa del mar. La Fundación Coprodeli tiene allí dos
centros médicos que se dedican a dar asistencia sanitaria y humanitaria
a infinidad de familias por un precio sustancialmente inferior a los
centros privados. Un paso más hacia el bienestar, un rayo de
esperanza.
Así, la semana del 18 al 22 de agosto iremos
en busca de hogares necesitados, entregaremos bolsas de comida, vestiremos
a familias completas ("¿cree que esto le valdrá a
su hijito?" es la pregunta que más veces repetimos), daremos
charlas de higiene, cortaremos el pelo a la gente de forma gratuita
y asistiremos con la vacunación y las nebulizaciones a la enfermera.
Toda la actividad de la semana no impide que nos queden
ganas por descubrir el país. Hemos conocido su cultura, sus tradiciones
y sus lenguas autóctonas ("¡que levante la mano quién
no sepa algo de quechua!"). Hemos aprendido palabras como chullo,
chompa, y chancho, y nuevas acepciones de grifo, piso o pandero. Más
allá del arroz y la papa, nos hemos deleitado con su gastronomía
(chicharrón, carapulcra con sopa seca, cuy a la brasa, cau-cau),
hemos probado la Inkacola y hemos aprendido a diferenciar entre el pollo
y la carne. Hemos recorrido desde las zonas turísticas (Lima,
el desierto de Ica, las misteriosas Líneas de Nazca, las Islas
Ballestas, Ollantaitambo, Cuzco, el lago Titicaca y el maravilloso Machupichu)
hasta las más devastadas por el terremoto del verano pasado (Ica
y Chincha), convirtiéndonos por momentos en escaladores agobiados
por el mal de altura, en brigadas antimosquitos o en croquetas humanas
de arena. Una aventura en toda regla.
Es el momento de partir: llegó el 26 de agosto.
Las maletas vuelven vacías de ropa y llenas de recuerdos. No
pesa el equipaje, sino una extraña mezcla entre tristeza por
la marcha y añoranza del regreso a "la otra" realidad.
Por los niños de los Centros de Atención Externa, por
la población, por el país, por la construcción
de sonrisas, por el cariño recibido, por la labor de Coprodeli,
por la ayuda de la señora Gus, por las atenciones de la señora
Julia, por la paciencia de Edwin y Walter, por la oportunidad que se
nos ha brindado, por ese equipo de voluntarios inigualable e inolvidable
(sin los que no hubiese sido lo mismo), por el principio y por el fin
de la que, sin duda, ha sido y será una de las experiencias más
enriquecedoras de nuestra vida. Por todo eso y más, me quedo
sin palabras y sólo se me ocurre decir: ¡Gracias!
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Llegamos a Perú a principios de
Julio, con todos nuestros bultos y dispuestos a vivir todo aquello que
la vida quisiera depararnos, y Perú nos desbordó.
Desde el principio tuvimos que entender que aquello
era distinto a lo que estábamos acostumbrados en nuestro día
a día, incluso para aquellos que colaboramos en otro tipo de
actividades de voluntariado en nuestras propias ciudades, eso si, la
alegría de vivir esta allí, igual que aquí, lo
que falta son oportunidades y medios para llevar a cabo los sueños.
Y eso es lo que Coprodeli nos enseño que intenta aportar.
Y fuimos conociendo distintos proyectos. Pachacute,
nos sorprendió aquella inmensidad, colinas y colinas hasta donde
se puede llegara ver, de gente viviendo en condiciones que nosotros
consideramos mas que precarias, y nos costo entender lo importante que
para ellos es ese cachito de tierra arenosa y negra de la que consiguen
sacar vida. Y allí, Coprodeli ha conseguido crear colegios de
prestigio, con sus alumnos que rápidamente identificábamos
allá por donde fuéramos con sus uniformes azules. Alumnos
que en uno de los momentos compartidos nos regalaron una fabulosa música
de instrumentos de viento, percusión y xilófonos de la
banda que estaban formando.
Allí, junto con los demás niños
del colegio también, se les da atención a otros niños
en situación de riesgo,…. Y nos robaron el corazón, les
enseñamos nuestros cánticos, nos enseñaron sus
juegos, nos regalaron sus dibujos e hicimos globoflexia con la fántastica
ayuda de la psicóloga que resulto todo un ejemplo para nosotros
de entrega y generosidad… y un montón de cosas más.
También en Pachacute conocimos la labor que
hacen los centros médicos de Coprodeli, nuestro recuerdo a la
doctora Mónica y su marido, gracias por la ternura. Peleando
como pueden con la cantidad de burocracia que en nuestro mundo se suple
con ordenadores y técnicas, sorteando los perros que como animales
listos que son se cuelan al mínimo descuido porque de alguna
manera intuyen que allí se atiende con generosidad, escuchando
a todo el que llega en su necesidad, pero sobre todo en la necesidad
de sus hijos, ellos son los principales protagonistas de todas estas
visitas a los doctores, las madres, aunque se intenta que también
se vigilen y cuiden apenas si piensan en otra cosa que en sacar a sus
hijitos de esas enfermedades respiratorias que tanto se dan por allí,
ellas y sus dolencias van después, si los medios dan para ello
claro.
Junto a voluntarias locales, Cleo, Juana,…. no recuerdo
todos los nombres, pero a todas gracias por vuestra acogida, visitamos
a las familias en sus propias casas. Conocimos gente fantástica
sus historias y lugares de procedencia, descubrimos utensilios llenos
de ingenio que la necesidad crea, como la silla que se había
inventado uno de los chavales discapacitados para poder moverse por
aquel arenal y acercarse cuanto podía a la chica que le gustaba
mientras cantaba alguna de esas cumbias de letras tremendas que tanto
se oyen por allí y con las que tanto nos reíamos. Comimos
unas tortas riquísimas, desoyendo los consejos recibidos, y entendimos
desde muy cerquita las situaciones dificilísimas de soledad y
abandono en las que viven algunas familias, sobre todo muchas mujeres.
Y así visita a visita es como Coprodeli conoce las necesidades
reales de la gente, e intenta atender y distribuir la ayuda humanitaria
que desde nuestros países les enviamos.
Los días en el Callao y Santo Domingo, no se
quedaron atrás en vivencias. Nos repartimos entre las distintas
casas hogar y allí fuimos conociendo a los niños y sus
profesores y tutores. Participamos con ellos en su reunión matutina
a través de la cual van aprendiendo a convivir, a ver lo importante,
y una serie de actitudes ante la vida que tal vez en nuestras ciudades
estemos perdiendo y que seria bueno repensar que ha pasado con ellas,
respeto a los demás, a sus profesores y adultos, orden, reconocimiento
de los errores y las virtudes… Y de nuevo a través de los juegos
nos fuimos conociendo, nos regalaron una representación genial
de lo que es su día a día, llena de humor y ternura, guiados
por Alejandro que nos ayudo a acercarnos a los chicos y por supuesto
algunos de sus trucos con las canicas. Nos llevaron a la playa y por
el camino mientras nos enseñábamos canciones, Amor de
Madre, ¡tremenda historia!, pudimos observar lo deteriorado del
Callao, ¡que casas tan bonitas! En su tiempo debió ser
muy hermoso. Y al llegar al mar, ninguno se lo pensó, ¡al
agua! ¡a cazar cangrejos! , ¡Si señor! Puritito goce
de la vida.
Durante estos días, Julia y su hija nos cuidaron,
y nos enseñaron la variedad de comidas que se pueden tomar en
Perú y nos presentaron la caigua rellena, autentica delicia que
nos hizo entender que había algo más que arroz. También
aprovechamos para conocer un poquillo Lima, y su ambiente, no perderse
por favor la experiencia combi y el mundo sin orden ni concierto del
tráfico limeño. ¡Increible y divertidisimo!
Del Callao a Chincha, el padre Miguel nos acerco y
pudimos conocer en persona el alma de Coprodeli, o por lo menos una
de sus principales fuentes de energía, llegamos absolutamente
contagiados y dispuestos a lo que fuese. Y allí, en Chincha conocimos
dos de los magníficos personajes de todo esta experiencia, Silvia
y su hijo Rony, ¡que privilegio conocer gente asi!
En Chincha otra realidad, después de unos días
de descanso por el desierto, espectáculo y aventura que nadie
que pase por allí debe perderse, comenzamos a recorrer junto
con Silvia, Rony, los demás voluntarios locales y médicos,
las zonas que habían sido mas afectadas por el terremoto de hace
unos años. Allí Coprodeli ha seguido, no se ha ido después
del boom de ayudas del terremoto, al contrario, sigue buscando nuevas
vías de ayuda, nosotros, sobre todo, conocimos la parte médica.
Ahora están en fase de ir dando a conocer estos servicios, y
en esto es en lo que nosotros colaboramos, en ir propagando la información
e invitando casa por casa a la gente a que se acercarse. Con nuestro
megáfono y furgoneta íbamos por las diferentes barriadas,
perifoneando, nueva palabra para nuestro vocabulario. Y sí, al
principio la gente mostraba cierta desconfianza, hay muchísimas
sectas por aquella zona, pero poco a poco se fueron acercando y veíamos
como se iba corriendo la voz, fue realmente bonito, muchos de ellos
reconocían a Coprodeli por la ayuda recibida durante los meses
posteriores al terremoto, y también fue enriquecedor acercarse
a las personas, a algunos incluso nos invitaron a un vino de la localidad,
¡como quemaba!
Y así, en una convivencia estupenda con todos
los que formábamos el grupo de voluntarios fueron pasando los
días sin darnos cuenta, como tampoco nos dimos cuenta de la huella
que todas las personas que conocimos estaban dejando en nosotros y que
nuestro grupo Ibérico de portugueses y españoles, nos
hemos traído para siempre a este lado del Atlántico.
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Me
encuentro con una mirada profunda.
Los ojos son oscuros, la tez morena.
Es profunda, y en esa profundidad veo nobleza, dignidad.
La mirada viene de lejos, de otro tiempo, de otro continente. Está
fijada en mí.
Han pasado pocos meses desde mi estancia en Perú,
un viaje para conocer otro lugar, y otra gente o quizás un viaje
para conocerse a uno mismo. Bajo un cielo grisáceo que envuelve
la ciudad de Lima brillan como estrellas las pupilas de aquellos niños.
La infancia tiene esa fuerza que hace que cada instante esté
vivo, jugueteando contigo, silbándote canciones al oído
que te alejan por un momento de la crudeza de la realidad.
Los niños del CAE no solo tienen la fuerza y
la energía que les da su natural condición de niños,
tiene además educación; y la educación es una escalera
de peldaños firmes que te impulsa hacia lo mas alto.
Ningún niño debería prescindir
de la educación y la cultura, Coprodeli lo tiene claro, y abre
sus puertas a todos aquellos niños, una puerta de esperanza,
un impulso desde el presente hacia el futuro, porque quizá el
futuro de aquel país resida en aquella mirada receptiva que encontré
en el CAE Santo Domingo, en aquellos ojos deseosos del saber, de conocer,
de viajar con la imaginación a un lugar con oportunidades.
Allí conocí a mi ahijado, Nicolás,
a sus amigos y a sus profesores, conocí que cada abrazo de un
niño te ensancha el alma y cada gesto, cada palabra dedicada
a ellos tiene un valor absoluto. La realidad de Lima no cambia, es cierto,
su cielo sigue siendo gris, su futuro, difuso, pero aquellos niños
han compartido sus días con nosotros, han recibido el cariño
y la atención de voluntarios jóvenes dispuestos a dar
lo mejor de si mismos.
Sin embargo, ingenuos, poco a poco vimos que la labor
del voluntario está muy lejos de la de dar, se trata más
bien de recibir; y fuimos premiados con mucho más de aquello
que podíamos aportar nosotros.
Todos aquellos niños tienen una dura carga vital,
la carga de la pobreza y la miseria que pesa fuerte sobre sus tobillos,
pero tratan de seguir corriendo y eso les hace fuertes, quizás
mas de lo que imaginamos al mirarles a los ojos o hablar con ellos.
Son reservados y pudorosos con su vida privada y su
realidad familiar. Pero a veces no hace falta hablar, en el lenguaje
de la mirada hay un intercambio sutil, muy sagrado.
Desde Madrid todo parece haber sido un sueño,
uno de estos sueños llenos de laberintos en el que se mezclan
muchas sensaciones. Me quedo con una, el cariño, y ya no solo
estoy hablando de aquel cariño que recibíamos cada día
de los niños, desinteresado, autentico, puro; sino también
el fuerte cariño que nos empezó a unir y ahora nos une
a todos los voluntarios de aquel viaje.
Las flores deberían dirigirse ahora hacia Gus,
que es la que acertadamente eligió al grupo de personas que se
embarcarían en esta experiencia. Todas y cada una de las personas
que convivieron en la casa de Coprodeli, nuestra casa, son sin ninguna
duda, excepcionales. Y lo cierto es que somos muy diferentes, y sabemos
bien que la vida no nos hubiera dado la opción de conocernos
y enriquecernos de ninguna otra forma, si no a través de Coprodeli,
porque cada uno “es de su padre y de su madre”, pero es la variedad
lo que nos ha enriquecido tanto.
Si algo hemos aprendido en Perú, país
de contrastes y diversidad, es que la variedad, la diversidad y el mestizaje
es lo que crea un vinculo especial, la unión de lo diferente
en un todo, y ahí está la clave de la vida misma, ahí
esta la grandeza del ser humano, el sentirse parte integrante.
Allí conocimos también a voluntarios
y médicos excepcionales que trabajaron hombro con hombro con
nosotros, acogiéndonos y enseñándonos su día
a día, su lucha continua por mejorar la calidad de vida de los
demás. (No olvidaremos a Silvia y Rony en Chincha)
Y conocimos al fin, al artífice de todo esto,
al padre Miguel. De hecho, gran parte del grupo de voluntarios pudimos
asistir a una misa y comida aniversario de la asociación, que
tuvo lugar en agosto.
Escuchar una homilía del Padre Miguel es escuchar
la voz de un gran líder social, es encontrar ese espíritu
de lucha que parecía que había desaparecido en el pueblo
peruano, a veces deprimido, parado o aletargado a nuestros ojos.
La revolución es la ruptura de la red de intereses
que soporta el sistema. En este país comprendes que los avances
no van acompañados de mejoras sociales, y el crecimiento económico
de las zonas más prósperas de la ciudad no acompasa la
melodía triste de las zonas más deprimidas. La modernidad
no suprimió la esclavitud, se limitó a sustituir el vínculo
jurídico por sujeciones más sutiles. La población
vive esclava de su realidad sin líderes políticos dispuestos
a cambiarla.
Es necesario un cambio y una lucha constante, una lucha
que se fragua en las oficinas de Coprodeli.
Y la revolución se gesta en el seno de Lima,
en el Callao, en las oficinas de Avd. Guardia Chalaca, la revolución
de aquellos que no quedan expectantes a los avatares políticos
de un poder corrupto e insensible a las necesidades del pueblo. Esa
revolución es la esperanza, lo dijo el padre Miguel y lo pudimos
comprobar los voluntarios, solo a través de la organizaciones
no gubernamentales que trabajan al servicio de la sociedad podrá
abrirse la esperanza, podrá promoverse el progreso y el desarrollo.
Sus propias siglas así lo indican (COPRODELI).
Son muchos los recuerdos y las vivencias de aquellos
días, pero en Madrid, la rutina llega fulminante a nuestras vidas,
la llena de preocupaciones laborales, de problemas banales, de cuestiones
cotidianas que te confunden, parece que aquel viaje quedó lejos,
lejísimos a veces.
Pero cada noche, pienso en esa mirada, en otras miradas.
Esa mirada pone a mi ego en su sitio. Esa mirada me acerca a la libertad.
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